España se ha convertido en uno de los destinos favoritos de Europa para los centros de datos: energía renovable abundante, buena conectividad internacional y suelo industrial disponible. Pero ese mismo atractivo empieza a chocar con dos límites físicos que no dependen de ninguna estrategia comercial: el agua y la capacidad de la red eléctrica. El estrés hídrico en centros de datos ya es una preocupación documentada por administraciones y por el propio sector, y a diferencia del discurso de crecimiento que domina el debate público, la regulación que debería ordenar ese consumo todavía está fragmentada y es, en gran parte, voluntaria.
Estrés hídrico en centros de datos: una huella que pocos miden
La Agencia Europea de Medio Ambiente clasifica a España como un país de estrés hídrico alto, y hasta un 74% de su territorio es susceptible de sufrir procesos de desertificación. En ese contexto, los sistemas de refrigeración evaporativa que todavía utilizan buena parte de los centros de datos consumen millones de litros de agua al año para mantener los servidores dentro de su rango térmico seguro.
El caso de Amazon en Aragón ilustra bien la escala del problema: la compañía solicitó un incremento del 48% en la dotación de agua para sus tres centros de datos en la región. La demanda de refrigeración no es puntual ni ajustable: se mantiene alta de forma continua, incluso durante los periodos de estiaje más crítico, precisamente cuando el recurso es más escaso.
La cara eléctrica del mismo problema
El agua no es el único recurso bajo presión. La demanda de conexión a red se concentra en muy pocos nudos, principalmente Madrid, Aragón y la Comunidad Valenciana, donde, según el Informe Anual 2025 de SpainDC, más del 80% de la capacidad ya está comprometida. A esto se suma un problema estructural del sistema eléctrico español: en torno al 40% de la generación proviene de fuentes eólica y fotovoltaica, con producción concentrada entre las 11:00 y las 17:00 horas y una caída prácticamente a cero durante la noche.
La consecuencia es contraintuitiva. En 2024, España registró más de 1.100 horas con precios de la electricidad en cero o negativos, resultado de una capacidad de almacenamiento todavía limitada, apenas 3,36 gigavatios. Un centro de datos necesita energía disponible las 24 horas del día, y ese desajuste entre generación intermitente y demanda constante es, hoy, una limitación tan real como la disponibilidad de agua.
A diferencia de la eólica y la fotovoltaica, fuentes como la hidroeléctrica ofrecen generación gestionable, capaz de aportar potencia de forma estable cuando la red más lo necesita. Pero su capacidad en España depende del nivel de los embalses, y esos mismos embalses son parte del sistema hídrico que ya está bajo presión. Agua y energía no son, en la práctica, dos problemas separados: son la misma tensión estructural vista desde dos ángulos distintos.
Respuestas dispares, sin estándar estatal
Frente a estos dos frentes, la respuesta regulatoria en España avanza, pero de forma desigual entre comunidades autónomas. Cataluña exige ya a los nuevos proyectos un plan de reutilización de aguas grises, y la Comunidad de Madrid ha abierto un registro público de los centros de datos autorizados en su territorio. Sin embargo, no existe todavía un umbral estatal obligatorio de eficiencia hídrica (WUE) ni energética (PUE) que se aplique de forma homogénea en todo el país.
El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico sometió a información pública un proyecto de Real Decreto para regular específicamente la eficiencia energética y la sostenibilidad de los centros de datos, aunque su tramitación como norma autónoma todavía no ha concluido. Mientras tanto, la exigencia real depende en gran medida de qué comunidad autónoma tramite el proyecto, lo que abre la puerta a una competencia territorial a la baja: los emplazamientos con menos exigencia ambiental resultan, por ahora, más atractivos para los promotores.
Cuando el diseño sí marca la diferencia
No todos los centros de datos consumen agua de la misma manera, y ahí está buena parte de la solución. Las instalaciones de Microsoft en España utilizan refrigeración líquida en circuito cerrado, un sistema que recircula el agua en vez de evaporarla. Según datos de la propia compañía, esto ha mejorado su eficiencia hídrica un 39% desde 2021, hasta un consumo de apenas 0,30 litros por kilovatio-hora, muy por debajo de lo habitual en sistemas de refrigeración evaporativa convencionales.
Esto confirma algo que en INERIA vemos de forma recurrente en nuestro trabajo de certificación: la pregunta relevante no es cuánta agua o energía consume el sector de los centros de datos en su conjunto, sino qué impacto tiene cada proyecto concreto sobre su cuenca y su red local. Un WUE o un PUE bien diseñado, medido y auditado de forma independiente no es un dato decorativo para una memoria de sostenibilidad: es lo que diferencia a un activo preparado para operar veinte años de uno que puede quedar expuesto en cuanto la exigencia regulatoria se endurezca. Ya hablamos de esto al analizar la eficiencia energética como ventaja competitiva en el diseño de un data center.
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